EJEMPLO DE SUFRIMIENTO
No está por demás traer a la memoria el sufrimiento que Cristo
experimentó a lo largo de su vida, y en especial en el proceso que le
llevó a la muerte, visto como ejemplo de amor sublime en el ministerio
del Maestro. En este recuerdo, estamos obligados a poner un particular
énfasis en aquellos momentos tan significativos, donde la entrega y
muerte de Jesús en la cruz, representó la culminación de su amor
manifestado de una forma verdaderamente práctica.
«Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y
puestos de rodillas le hacían reverencias. Después de haberle
escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios
vestidos, y le sacaron para crucificarle» (Mr. 15:19,20).
Recordemos que Jesús fue arrestado como un criminal para ser juzgado,
y finalmente conducido a morir en la cruz, según la legislación romana.
Observamos en el texto, que antes de comenzar su camino hacia el
monte Calvario, fue castigado duramente con una condena mucho mayor que
la de los otros reos que le acompañaron en su muerte. Golpes, insultos,
esputos, mofas, latigazos, además de la coronación de espinas, significó
el pago de todo el bien que Jesús hizo al prójimo en el recorrido de su
ministerio: «y le sacaron para crucificarle».
A la verdad, aunque profundizáramos con un espíritu de erudita
investigación, no alcanzaríamos a comprender el grado de sufrimiento
físico y espiritual que Jesús pudo experimentar; tomar la copa amarga
que contenía el juicio de Dios, no fue precisamente un trago fácil de
beber. Con este espíritu de sacrifico, Jesús prosiguió su camino, pese a
las consecuencias tan dramáticas que tuvo que aceptar para conseguir
nuestra salvación. De tal manera bebió el cáliz de sufrimiento por causa
de nuestros pecados, pagando un precio muy alto: su propia vida.
Es cierto que el sufrimiento de Jesús representa un claro modelo de
entrega, obediencia y valentía, que en cierta medida todo cristiano debe
seguir. Aunque, si bien, no añadimos nada a nuestra salvación, pues
ésta es gratuita, ya que fue ganada por Cristo en la cruz. Sin embargo,
visto el ejemplo, los principios de entrega, amor, voluntariedad,
obediencia y valentía, que encontramos en esta obra inigualable, son
realmente dignos de tenerlos presente para, como discípulos del Maestro,
incorporarlos en nuestra vida cristiana.
Siguiendo el modelo presentado, podemos afirmar que todo aquel que
quiera seguir las pisadas de Jesús, también se encontrará con un precio
que habrá de pagar. Con todo, no sabemos donde está el límite de nuestro
precio; sólo Dios lo sabe.
La pregunta surge sola: si Jesucristo pagó un alto precio por cumplir
con el plan que Dios había diseñado para él, entonces, ¿qué precio
estamos dispuestos a pagar para que también el plan de Dios se cumpla en
nuestra vida?
«Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó» (Mr. 15:23).
Se sabe que el vino mezclado con mirra ofrecido a los reos
crucificados, les proporcionaba un efecto analgésico que les ayudaba a
contrarrestar el sufrimiento experimentado en la cruz. Pero, observamos
cómo Jesús, estando en profunda agonía, rechazó aquel mejunje que
momentáneamente podría haber reducido aquellos dolores tan intensos. Él
no quiso beberlo, y con toda razón, porque para que no exista ninguna
duda de la gratuidad de nuestra salvación, el buen Pastor asumió de
forma completa el grado de aflicción que correspondía al pago de todos
nuestros pecados.
Contrario al ejemplo del Maestro, no son pocos hoy los cristianos que
quieren escapar de su destino, intentando compatibilizar el
cristianismo con la vida de comodidad, sin estar dispuestos a beber ni
una gota de la copa amarga de sufrimiento que conlleva ser discípulo de
Jesús... En lo que atañe a nuestro vida personal o ministerial,
aceptemos de buen grado los momentos de dolor que nuestro Padre
celestial tenga programado para nosotros, en su permisiva voluntad; pues
si Dios nos pone la prueba, también de manera conjunta nos da la salida
para que podamos sobrellevarla, según reza la Escritura Sagrada.
Extrayendo la presente enseñanza, también los discípulos de Cristo
deberán abstenerse de beber cualquier ungüento que haga tropezar su
misión en la tierra, y por ende el cumplimiento estricto de la
providencia divina; aun cuando ese ungüento pudiera reducir cualquier
padecimiento momentáneo: «mas él no lo tomó».
No pretendamos huir del sufrimiento de manera ilícita, ya que éste
forma parte del programa especial de Dios para cada cristiano fiel.
Antes bien, el verdadero discípulo habrá de someterse a la guía del
Espíritu, y seguir así con el plan divino.
«Dios mío, Dios mío, ¡por qué me has desamparado (abandonado, alejado, apartado de mí)!» (Mr. 15:34).
El término desamparado, expuesto en el versículo bíblico, denota el
momento existencial más angustioso que nuestro buen Señor experimentó,
es decir, el sufrimiento en su máximo grado de expresión a causa de
nuestras iniquidades. El abandono que Jesús sintió por parte de Dios, es
equiparable al más grave castigo que el pecador pudiera soportar en el
infierno (lugar de desamparo).
Atendamos a la enseñanza, porque el gran «desamparo » que Jesús
vivió, no fue producido sólo por el dolor físico de los clavos, además
del previo castigo que tuvo que soportar; como tampoco psicológico: por
la vergüenza, el menosprecio, la burla y el odio de sus conciudadanos.
Sino que, en esos momentos tan intensos, tal ejemplo mostró el
sufrimiento de la condenación eterna experimentada en el alma de Jesús.
La idea es bastante concisa: Dios cargó el pecado de la Humanidad sobre
su ser. Y porque Dios es santo, y no puede tener ninguna relación con el
pecado, entonces tuvo que apartarse de su Hijo Jesucristo, siendo en
esa condición donde Dios derramó su justicia divina sobre él. De tal
manera Jesús soportó el justo Juicio de Dios en nuestro lugar.
Este ejemplo citado es imposible de imitar, en su significado más
esencial, puesto que la obra de Jesús en la Cruz es del todo
insustituible. Sin embargo, su entrega ejemplar siempre quedará impresa
en nuestros corazones, como el mayor acto de amor que jamás hombre
alguno haya mostrado a través de la Historia. Así, aquellos instantes
tan especiales, nos servirán de modelo ejemplar para poder comparar, con
el amor de Cristo, nuestro grado de amor hacia los demás.
Por otro lado, al igual que aconteció en el monte Calvario, aunque no
en el mismo aspecto salvador, tal vez podemos sentirnos en ocasiones
desamparados de la mano de Dios. Y es del todo lícito preguntarse el
porqué. Pero no podemos desconfiar de nuestro buen Padre, pues así como
ocurrió en la vida de Jesús, también los momentos de aparentes
desamparos están incluidos en su especial destino para todo discípulo de
Cristo. De todas maneras Jesús fue desamparado por el Padre celestial,
para que nosotros seamos amparados por Él.
«Mas Jesús, dando una gran voz, expiró» (Mr. 15:37).
Ésta fue la última expresión verbal de Jesús, después de sus
terribles padecimientos en la Cruz. Con ella el Maestro acabó su labor
en esta tierra, completando hasta la muerte la comisión determinada por
el Padre. El gran gemido final de Cristo marcó la perfecta tarea ya
completada, y finalmente no había más que añadir en la obra de la
Salvación.
Reflexionando sobre aquella situación histórica, deducimos que la
muerte de Jesús seguramente acabó con la esperanza de muchos. ¿Quién iba
a creer en el mensaje de un crucificado? ¿Qué atractivo poseía un
sentenciado a muerte y crucificado en manos de los romanos? El Jesús
rey derrotado en la cruz (en apariencia), fue injustamente rechazado...
De igual forma como le ocurrió al Maestro, muchos también verán a sus
discípulos como personas derrotadas por la «religión». La cruz de Cristo
sentencia a muerte a todo cristiano verdadero: a la muerte de este
mundo. Con esta condición, la nueva vida triunfante se mantiene
escondida juntamente con la vida del Maestro, y no para crearnos
incertidumbre, sino para poder disfrutar de la poderosa vida de
resurrección con él.
Atendamos a la enseñanza, porque el final de su ministerio representó
el principio del nuestro. Por ello, hacemos bien en considerar lo más
importante de nuestro paso por esta tierra, esto es, cumplir con el
programa establecido por Dios, al igual que Jesús lo cumplió en su vida,
hasta el final, hasta la muerte: «Mas Jesús, dando una gran voz,
expiró».
Jesús murió habiendo completado la obra que el Padre le encargó. Y
aunque como hemos afirmado, en ningún caso podemos morir por los pecados
de la Humanidad, se espera que por lo menos no lleguemos al instante de
nuestra partida, en el mismo lecho de muerte, a lamentarnos por no
haber sabido aprovechar el tiempo y las oportunidades para servir a
Dios, así como a nuestro prójimo. Estemos seguros, pues, de que aquello
que va a prevalecer en la eternidad, por la gracia divina, es la labor
que para Dios podamos hacer hoy.
Recibamos con solicitud la instrucción práctica del Maestro, y
mantengamos una actitud valiente, para que habiendo acabado la obra que
nos fue encomendada por Dios, sea ésta grande o pequeña, en el final de
nuestros días podamos exclamar como Jesús: «Consumado es».
El sufrimiento en las manos de Dios, es el fruto de nuestra gloria futura.
CONCLUSIÓN
Hasta aquí algunas reflexiones (5) sobre el modelo de Jesús, expresado de
forma concisa en algunos textos del evangelio según San Marcos; a los
cuales tal vez sería conveniente añadir ejemplos de los otros
evangelios, así como las referencias que se encuentran en Hechos de los
Apóstoles y cartas del Nuevo Testamento, para de esta forma poder
ampliar y engrandecer el trabajo realizado.
Aunque, si bien podemos aportar muchos más datos acerca de las
aplicaciones prácticas obtenidas de la vida de Cristo, baste las
reflexiones expuestas para que logremos apreciar el gran reto que supone
seguir las pisadas del Maestro, que como bien hemos visto no pasan
inadvertidas ante nuestros ojos.
Tal vez algunos pueden pensar que el ejemplo de Jesús parece
inalcanzable, y que éste resulta en una gran utopía... De ser cierta
esta premisa, estamos seguros de que los escritores bíblicos no hubieran
presentado de forma tan explícita las recomendaciones para las
iglesias, acerca de imitar el modelo de Jesús. Es verdad que la
perfección de Cristo nadie la puede imitar. Pero, no obstante, siempre
representará un testimonio seguro y permanente para tomar buena muestra,
y seguir así los principios cristianos esenciales más éticos y
prácticos.
Después de tantos siglos de Cristianismo, no podemos cambiar el llamamiento bíblico, pues sigue siendo el mismo: «Dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas» (1 P. 2:21).
La verdad es que ya es hora de dejar de afirmar que somos cristianos,
y actuar como si Cristo no habitase entre nosotros... Recapacitemos,
porque los demás valoran sobre todo la forma de proceder, y por ello
cada movimiento, por muy imperceptible que parezca, queda registrado en
la mente de nuestro prójimo. Entre tanto, necesitamos tomar conciencia
del ejemplo del Maestro; porque, sobre lo dicho, advertimos que la
presencia de Cristo no se refleja en la vida solamente a través de las
palabras bien predicadas, sino principalmente de los hechos que alcanzan
a ser observados.
Seguramente que cuando consideremos lo difícil que puede resultar
seguir a Jesús, por momentos nos invadirá un profundo sentimiento de
incapacidad humana. Pero, cuando entendemos que el poder de Dios se
perfecciona en la debilidad (2 Co. 12:9), entonces debemos admitir que,
en último término, no depende de nosotros, sino del gran poder de
Cristo. Efectivamente, nuestra insuficiencia es grande, y por tal motivo
necesitamos ser partícipes constantemente de la gracia de Dios, de su
fortaleza, de su amparo y guía, para de esta manera proseguir con
fuerzas renovadas en nuestro a veces duro, pero satisfactorio camino
hacia la eternidad. En tan digna labor, no olvidemos que la carga de
Jesús es ligera y su yugo fácil (Mt. 11:30).
Como hemos visto, el propósito en la vida cristiana no consiste en
las muchas o pocas obras que podamos realizar, sino en ser como Cristo.
El mismo apóstol Pablo dijo: «Vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gá. 4:19). Comprendamos
cuál sea la meta, puesto que la formación de Cristo en nuestra vida es
la finalidad última de todo proceder cristiano, es decir, el objetivo es
ser como Jesús, alcanzando así a vivir como sus verdaderos discípulos.
Recibamos la enseñanza en palabras del apóstol: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gá. 2:20). Una
vez leído el versículo, entendemos que imitar a Cristo solamente es
posible en la medida que su poder permanece en nosotros. No resulta
válido copiar los aspectos superficiales del ejemplo de Jesús, que en
cualquier caso modifiquen toda apariencia externa, si éstos no emanan de
la vida que Cristo mismo imparte en nuestro corazón. En este aspecto,
hay que permitir que el poder de su Espíritu logre cambiar nuestro
interior, para que a su vez puedan verse reflejados visiblemente, y de
forma adecuada, los aspectos prácticos que corresponden al modelo del
Maestro.
La recomendación del texto sagrado no puede ser más explícita: «El que dice que permanece en él (Jesucristo), debe andar como él anduvo» (1 Jn. 2:6). Si
examinamos nuestra vida, en comparación con la perfecta vida de Jesús,
no tendremos más remedio que humillarnos delante de Dios y, arrepentidos
de corazón, confesar nuestra culpabilidad: por no hacer nada, no hacer
lo suficiente, o hacerlo mal.
En esta disposición, debemos proseguir con la misión encomendada como
discípulos de Cristo, fijando constantemente nuestra mirada en él: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe...» (He. 12:2).
Luego, con cierta frecuencia debería resonar en nuestra mente las
siguientes preguntas: ¿Cómo actuaría Jesús hoy, ahora, y en cada momento
de nuestra vida? ¿Qué diría Jesús o haría en la situación en la que me
encuentro...? Las respuestas ofrecidas, contrastadas con la vida
ejemplar del Maestro, nos indicarán aquello que debamos hacer o decir.
En nuestra mano está el obedecer o por el contrario hacer caso omiso.
Estimado lector: Si has recibido la llamada para seguir a Jesús, no
resistas al Espíritu, y considera bien la propuesta, porque ser
discípulo de Cristo es la decisión más importante que podemos tomar en
nuestro paso por este mundo temporal. Si ésta es nuestra determinación,
no perdamos de vista el ejemplo del Maestro para poder seguirlo, pues
nuestra labor se verá ampliamente recompensada cuando Jesucristo, el
buen Pastor, regrese con poder y gloria de la Patria celestial para
recoger a su amada Iglesia.
«Porque uno es vuestro Maestro: el Cristo» (Mateo 23:10).
José Mª Recuero
Lic. en Teología
Lic. en Teología



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