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Jesus el mejor ejemplo (parte 4)

Written By Unknown on domingo, 14 de abril de 2013 | 13:04

EJEMPLO DE DISCRECIÓN


A pesar de la fama (buena y mala) de Jesús, podemos señalar que en ningún caso incurrió en escándalos impropios, sino que guardó una sana discreción, manteniendo la adecuada compostura a lo largo de su ministerio. Así, Jesús mostró su tacto y diplomacia en las relaciones personales, sin perder en momento alguno ni un ápice de su integridad espiritual.

«...pero él les mando mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer» (Mr. 5:43).

Después de la milagrosa resurrección de la hija de Jairo (un hecho sobrenatural digno de todo reconocimiento), Jesús dio órdenes estrictas para que nadie lo supiese. Ciertamente podía haber recibido los honores propios de un milagro tan espectacular, y seguramente muchos le hubieran proclamado rey. Sin embargo, no era ésa la labor específica que venía a realizar en este mundo. La gloria de Cristo estaba reservada para el futuro.

Podríamos suponer, con toda lógica, que si hoy se están realizando verdaderos milagros de parte de Dios, la gente tendría que saberlo, puesto que el hecho sobrenatural ofrecerá mayor credibilidad a nuestro mensaje... De ser cierto este postulado, Jesús habría proclamado a los cuatro vientos todos sus milagros. Pero ésta no fue la tarea de Jesús, ni tampoco pensemos que es la nuestra. Es la Palabra de Dios la que produce fe para salvación, y no el milagro. Y aun cuando el milagro Dios sea evidente, no parece muy oportuno declararlo a la ligera, ni mucho menos acompañar el suceso con bombos y platillos. Por ello, es mejor seguir el modelo de Jesús en humildad y discreción, y no buscar la gloria que el propio acto milagroso pudiera ofrecer: «pero él les mando mucho que nadie lo supiese».

Notamos que Cristo proclamó una salvación por fe, y no por vista; su predicación fue: «arrepentíos y creed en el evangelio». Cierto es que Jesús podría haber utilizado el milagro para reafirmar su ministerio, pero sabía que la gente no se iba a convertir por ver ciertas manifestaciones extras. Además, no era ésta su misión. Igualmente podía haber exigido la remuneración de todo el bien que hizo con sus portentosas sanidades. A pesar de todo, el Maestro anduvo haciendo el bien sin esperar recibir ningún pago a cambio. Y teniendo presente los tiempos de Dios, quiso recalcar que su tiempo de gloria todavía no había llegado: ejemplo claro para todo discípulo suyo... En esto, Jesús no reclamó honor alguno, como tampoco exigió reconocimiento de sus obras.

Hoy parece ser todo lo contrario: primero se recibe el reconocimiento, y luego se practica el servicio. No debería de ser así, pues la gloria es sólo para Jesús, pues bien la merece.

Visto el ejemplo presentado, hagamos el bien que podamos, y no busquemos en ninguna forma los galardones, pues los tales están reservados en el cielo para aquellos que aman a Dios.

«Y descendiendo ellos del monte (de la transfiguración), les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto» (Mr. 9:2).

Después de la experiencia tan intensa que vivieron los discípulos en el monte de la transfiguración, lo más natural parecía contarlo a los demás, en un impulso o deseo de transmitir una vivencia con matices de eterna espiritualidad... Ahora, el mandamiento de Jesús fue bastante explícito, dando la orden de que no dijesen a nadie lo que habían visto. ¿Por qué el silencio? Podemos imaginar que ante la historia contada, algunos no entenderían las implicaciones de dicha experiencia; otros, malinterpretarían las palabras; y tal vez serían varios los que rechazarían el mensaje. Por tales motivos, no podemos depositar nuestro tesoro en manos de cualquiera, porque seguramente muchos no alcanzarían a comprender el gran valor que realmente éste posee. Al igual que un matrimonio no puede proclamar todas sus experiencias matrimoniales, también en cierto sentido la intimidad con Dios es un tesoro reservado al ámbito privado.

Además, en este caso como en otros similares, se corría el grave peligro de que Jesús pudiera ser proclamado rey. Estamos seguros de que si hubiera tomado el cetro y así establecido su trono, con toda certeza la obra de salvación por medio de la Cruz, no hubiera sido posible. Con ello, el programa de Dios se habría incumplido, y en consecuencia nuestra redención hoy no podría ser efectiva.

Qué contraste tan patente con el ávido deseo de algunos por contar experiencias de orden trascendental, para impresionar al auditorio. La actitud del Maestro fue contraria, porque sabía de primera mano que la gente no se convierte por escuchar historias espiritualistas, aunque no obstante pudieran llegar a ser ciertas: «les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto».

Por otro lado, visto en el sentido positivo, resulta recomendable compartir las experiencias que se devienen de nuestra relación con Dios. Es completamente lícito y además beneficioso, sobre todo para nuestros hermanos en la fe, exteriorizar las vivencias que como hijos amados gozamos con nuestro Padre celestial. Ahora bien, la disconformidad se produce cuando los deseos de transmitir tales experiencias conlleven una motivación egoísta, sean susceptibles de gloria personal, puedan causar desconcierto, interpretaciones erróneas, o confusión en otras personas. Con esta orientación, aprendamos del buen Maestro, y apliquemos la sensatez a la hora de expresar convenientemente el ejercicio de nuestra fe.

En lo que a nuestro proceder cristiano respecta, debemos buscar el equilibrio, manteniendo la discreción y huyendo de todo extremismo. Si somos especiales, no es necesariamente por las experiencias trascendentales que podamos contar a la ligera, sino por nuestra forma de ser, por la paz que alcancemos a transmitir, por nuestro mensaje diferente, por la bondad que muestre nuestro corazón, y especialmente por el amor que logremos comunicar a los demás.

La discreción en la vida, es la sensatez del cristiano.
ver la 5ta parte de este estudio 
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