EJEMPLO DE DISCRECIÓN
A pesar de la fama (buena y mala) de Jesús, podemos señalar que en
ningún caso incurrió en escándalos impropios, sino que guardó una sana
discreción, manteniendo la adecuada compostura a lo largo de su
ministerio. Así, Jesús mostró su tacto y diplomacia en las relaciones
personales, sin perder en momento alguno ni un ápice de su integridad
espiritual.
«...pero él les mando mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer» (Mr. 5:43).
Después de la milagrosa resurrección de la hija de Jairo (un hecho
sobrenatural digno de todo reconocimiento), Jesús dio órdenes estrictas
para que nadie lo supiese. Ciertamente podía haber recibido los honores
propios de un milagro tan espectacular, y seguramente muchos le hubieran
proclamado rey. Sin embargo, no era ésa la labor específica que venía a
realizar en este mundo. La gloria de Cristo estaba reservada para el
futuro.
Podríamos suponer, con toda lógica, que si hoy se están realizando
verdaderos milagros de parte de Dios, la gente tendría que saberlo,
puesto que el hecho sobrenatural ofrecerá mayor credibilidad a nuestro
mensaje... De ser cierto este postulado, Jesús habría proclamado a los
cuatro vientos todos sus milagros. Pero ésta no fue la tarea de Jesús,
ni tampoco pensemos que es la nuestra. Es la Palabra de Dios la que
produce fe para salvación, y no el milagro. Y aun cuando el milagro Dios
sea evidente, no parece muy oportuno declararlo a la ligera, ni mucho
menos acompañar el suceso con bombos y platillos. Por ello, es mejor
seguir el modelo de Jesús en humildad y discreción, y no buscar la
gloria que el propio acto milagroso pudiera ofrecer: «pero él les mando
mucho que nadie lo supiese».
Notamos que Cristo proclamó una salvación por fe, y no por vista; su
predicación fue: «arrepentíos y creed en el evangelio». Cierto es que
Jesús podría haber utilizado el milagro para reafirmar su ministerio,
pero sabía que la gente no se iba a convertir por ver ciertas
manifestaciones extras. Además, no era ésta su misión. Igualmente podía
haber exigido la remuneración de todo el bien que hizo con sus
portentosas sanidades. A pesar de todo, el Maestro anduvo haciendo el
bien sin esperar recibir ningún pago a cambio. Y teniendo presente los
tiempos de Dios, quiso recalcar que su tiempo de gloria todavía no había
llegado: ejemplo claro para todo discípulo suyo... En esto, Jesús no
reclamó honor alguno, como tampoco exigió reconocimiento de sus obras.
Hoy parece ser todo lo contrario: primero se recibe el
reconocimiento, y luego se practica el servicio. No debería de ser así,
pues la gloria es sólo para Jesús, pues bien la merece.
Visto el ejemplo presentado, hagamos el bien que podamos, y no
busquemos en ninguna forma los galardones, pues los tales están
reservados en el cielo para aquellos que aman a Dios.
«Y descendiendo ellos del monte (de la transfiguración), les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto» (Mr. 9:2).
Después de la experiencia tan intensa que vivieron los discípulos en
el monte de la transfiguración, lo más natural parecía contarlo a los
demás, en un impulso o deseo de transmitir una vivencia con matices de
eterna espiritualidad... Ahora, el mandamiento de Jesús fue bastante
explícito, dando la orden de que no dijesen a nadie lo que habían visto.
¿Por qué el silencio? Podemos imaginar que ante la historia contada,
algunos no entenderían las implicaciones de dicha experiencia; otros,
malinterpretarían las palabras; y tal vez serían varios los que
rechazarían el mensaje. Por tales motivos, no podemos depositar nuestro
tesoro en manos de cualquiera, porque seguramente muchos no alcanzarían a
comprender el gran valor que realmente éste posee. Al igual que un
matrimonio no puede proclamar todas sus experiencias matrimoniales,
también en cierto sentido la intimidad con Dios es un tesoro reservado
al ámbito privado.
Además, en este caso como en otros similares, se corría el grave
peligro de que Jesús pudiera ser proclamado rey. Estamos seguros de que
si hubiera tomado el cetro y así establecido su trono, con toda certeza
la obra de salvación por medio de la Cruz, no hubiera sido posible. Con
ello, el programa de Dios se habría incumplido, y en consecuencia
nuestra redención hoy no podría ser efectiva.
Qué contraste tan patente con el ávido deseo de algunos por contar
experiencias de orden trascendental, para impresionar al auditorio. La
actitud del Maestro fue contraria, porque sabía de primera mano que la
gente no se convierte por escuchar historias espiritualistas, aunque no
obstante pudieran llegar a ser ciertas: «les mandó que a nadie dijesen
lo que habían visto».
Por otro lado, visto en el sentido positivo, resulta recomendable
compartir las experiencias que se devienen de nuestra relación con Dios.
Es completamente lícito y además beneficioso, sobre todo para nuestros
hermanos en la fe, exteriorizar las vivencias que como hijos amados
gozamos con nuestro Padre celestial. Ahora bien, la disconformidad se
produce cuando los deseos de transmitir tales experiencias conlleven una
motivación egoísta, sean susceptibles de gloria personal, puedan causar
desconcierto, interpretaciones erróneas, o confusión en otras personas.
Con esta orientación, aprendamos del buen Maestro, y apliquemos la
sensatez a la hora de expresar convenientemente el ejercicio de nuestra
fe.
En lo que a nuestro proceder cristiano respecta, debemos buscar el
equilibrio, manteniendo la discreción y huyendo de todo extremismo. Si
somos especiales, no es necesariamente por las experiencias
trascendentales que podamos contar a la ligera, sino por nuestra forma
de ser, por la paz que alcancemos a transmitir, por nuestro mensaje
diferente, por la bondad que muestre nuestro corazón, y especialmente
por el amor que logremos comunicar a los demás.



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