Parte 2
El derecho a la vida de la mujer en el proceso de la reproducción humana, embarazo y parto» 2 de 9
por Héctor Benjamín Olea Cordero (Notas) el viernes, 16 de noviembre de 2012 a la(s) 16:40
El derecho a la vida de la mujer en el proceso de la reproducción humana, embarazo y parto»
Algunas perspectivas desde la tradición bíblica
2 de 9
Héctor B. Olea C.
La tradición bíblica le reconoce a la mujer un papel único en el proceso de la reproducción humana
Sin dejar de reconocer que sea precisamente un reflejo del carácter patriarcal del contexto general de los textos bíblicos (que veía el hogar como el espacio natural y vital de la mujer, y la maternidad como condición biológica indispensable), el hecho es que en la tradición bíblica encontramos una expresión que sirve para describir al ser humano en general que viene a la existencia. Dicha expresión es: “nacido de mujer”.
La expresión “nacido de mujer” sólo se la encuentra en tres ocasiones en la Biblia, dos en el Antiguo Testamento y una en el Nuevo Testamento, a saber:
Job 14.1 “El hombre nacido de mujer, Corto de días, y hastiado de sinsabores”
Job 15.14 “¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, Y para que se justifique el nacido de mujer?”
Gálatas 4.4 “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”
Claro está, no hay en la Biblia una referencia en femenino, como por ejemplo, “nacida de mujer”, puesto que el referido carácter patriarcal que está en el trasfondo de los textos bíblicos por lo general evitaba la mención de la madre en la elaboración de las listas genealógicas, así como en la realización de los censos, los cuales sólo nombraban los cabezas de familia, de los clanes y de las tribus que de hecho eran sólo varones. Algunas honrosas excepciones son: Génesis 4.18-22; 25.1-6; 2 Crónicas 11.18-20; Mateo 1.3, 5 y 6.
Ahora bien, es preciso destacar el contraste que existe entre la frase “nacido de mujer” y la frase “hijo de” (usada estrictamente en relación al nombre de un varón).
Por un lado, mientras que la expresión “hijo de” apunta específicamente a la paternidad masculina en lo que podríamos llamar “árbol genealógico”; la expresión “nacido de mujer” no se usa en conexión a nombre de varón alguno, sino que más bien viene a reconocer y a señalar ese papel único y vital que desempeña la mujer, por supuesto con todas sus implicaciones, en el proceso de la reproducción humana. Es precisamente en esta línea que va el argumento de Pablo en 1 Corintios 11.12: “Porque así como la mujer procede del varón (obviamente, sólo según el relato de la creación de Génesis 2.4-25), también el varón nace de la mujer…”
En consecuencia, la expresión “hijo de” (en conexión a un varón) es de carácter muy particular, mientras que la expresión “nacido de mujer” es de carácter general y apunta a una condición biológica general en el ser humano. Por ejemplo, desde la óptica de la tradición judía, una persona filistea no podría autoproclamarse como “hijo de Abraham”; no obstante, algo que ninguna persona judía podría regatearle a una filistea es que éste como él, es un “nacido de mujer”. Finalmente, si bien la paternidad masculina es muchas veces objeto de discusión (y de negación) en relación a un determinado embarazo o criatura ya nacida; la responsabilidad materna es incuestionable, inocultable e imposible de negar.
En efecto, No olvidemos que, por ejemplo, la prueba de ADN, es estrictamente y sólo una prueba de paternidad. Prueba que, si bien algunas veces es demandada por el hombre quien reclama la paternidad de una criatura; por lo general es una prueba demandada por la madre (o por la persona descendiente misma), a los fines de que el padre asuma su responsabilidad como tal.
Por otra parte, en el mismo contexto judío, llama la atención el hecho de cómo al ponerle nombre a la criatura (principalmente en relación a un niño), el padre lo reconocía como suyo. Ciertamente hay que admitir que aunque en la época patriarcal tanto el padre (Génesis 4.26; 5.3) como la madre (Génesis 4.25: 35.16-18) podían imponerle el nombre al hijo; sin embargo, la tradición dominante consistía en que era el padre quien nombraba al hijo (compárese Lucas 1.59-63).
Por otro lado, y, en relación a Jesús, el testimonio de los evangelios es contradictorio, pues según Lucas fue María la que lo nombró (Lucas 1.30-31), pero según Mateo (Mateo 1.20-21), fue José. Finalmente, siguiendo el testimonio de Mateo de que José fue quien puso el nombre al niño Jesús, Raymond E. Brown afirma: “Al poner el nombre niño José lo reconoce como suyo propio. La postura judía es muy clara a este respecto y está dictada por el hecho de que a veces resulta difícil determinar quién es el padre biológico de una criatura. Puesto que normalmente ningún hombre reconocerá ni mantendrá a un hijo que no sea suyo, la ley prefiere basar la paternidad en el reconocimiento del padre. La Misná (Baba Batrá, 8.6) establece este principio: «Si un hombre dice que éste es hijo mío, hay que creérselo». José al ejercer el derecho paterno de dar nombre al niño, reconoce a Jesús y se convierte así en su padre legal” («El Nacimiento del Mesías», página 138).
Algunas perspectivas desde la tradición bíblica
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Héctor B. Olea C.
La tradición bíblica le reconoce a la mujer un papel único en el proceso de la reproducción humana
Sin dejar de reconocer que sea precisamente un reflejo del carácter patriarcal del contexto general de los textos bíblicos (que veía el hogar como el espacio natural y vital de la mujer, y la maternidad como condición biológica indispensable), el hecho es que en la tradición bíblica encontramos una expresión que sirve para describir al ser humano en general que viene a la existencia. Dicha expresión es: “nacido de mujer”.
La expresión “nacido de mujer” sólo se la encuentra en tres ocasiones en la Biblia, dos en el Antiguo Testamento y una en el Nuevo Testamento, a saber:
Job 14.1 “El hombre nacido de mujer, Corto de días, y hastiado de sinsabores”
Job 15.14 “¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, Y para que se justifique el nacido de mujer?”
Gálatas 4.4 “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”
Claro está, no hay en la Biblia una referencia en femenino, como por ejemplo, “nacida de mujer”, puesto que el referido carácter patriarcal que está en el trasfondo de los textos bíblicos por lo general evitaba la mención de la madre en la elaboración de las listas genealógicas, así como en la realización de los censos, los cuales sólo nombraban los cabezas de familia, de los clanes y de las tribus que de hecho eran sólo varones. Algunas honrosas excepciones son: Génesis 4.18-22; 25.1-6; 2 Crónicas 11.18-20; Mateo 1.3, 5 y 6.
Ahora bien, es preciso destacar el contraste que existe entre la frase “nacido de mujer” y la frase “hijo de” (usada estrictamente en relación al nombre de un varón).
Por un lado, mientras que la expresión “hijo de” apunta específicamente a la paternidad masculina en lo que podríamos llamar “árbol genealógico”; la expresión “nacido de mujer” no se usa en conexión a nombre de varón alguno, sino que más bien viene a reconocer y a señalar ese papel único y vital que desempeña la mujer, por supuesto con todas sus implicaciones, en el proceso de la reproducción humana. Es precisamente en esta línea que va el argumento de Pablo en 1 Corintios 11.12: “Porque así como la mujer procede del varón (obviamente, sólo según el relato de la creación de Génesis 2.4-25), también el varón nace de la mujer…”
En consecuencia, la expresión “hijo de” (en conexión a un varón) es de carácter muy particular, mientras que la expresión “nacido de mujer” es de carácter general y apunta a una condición biológica general en el ser humano. Por ejemplo, desde la óptica de la tradición judía, una persona filistea no podría autoproclamarse como “hijo de Abraham”; no obstante, algo que ninguna persona judía podría regatearle a una filistea es que éste como él, es un “nacido de mujer”. Finalmente, si bien la paternidad masculina es muchas veces objeto de discusión (y de negación) en relación a un determinado embarazo o criatura ya nacida; la responsabilidad materna es incuestionable, inocultable e imposible de negar.
En efecto, No olvidemos que, por ejemplo, la prueba de ADN, es estrictamente y sólo una prueba de paternidad. Prueba que, si bien algunas veces es demandada por el hombre quien reclama la paternidad de una criatura; por lo general es una prueba demandada por la madre (o por la persona descendiente misma), a los fines de que el padre asuma su responsabilidad como tal.
Por otra parte, en el mismo contexto judío, llama la atención el hecho de cómo al ponerle nombre a la criatura (principalmente en relación a un niño), el padre lo reconocía como suyo. Ciertamente hay que admitir que aunque en la época patriarcal tanto el padre (Génesis 4.26; 5.3) como la madre (Génesis 4.25: 35.16-18) podían imponerle el nombre al hijo; sin embargo, la tradición dominante consistía en que era el padre quien nombraba al hijo (compárese Lucas 1.59-63).
Por otro lado, y, en relación a Jesús, el testimonio de los evangelios es contradictorio, pues según Lucas fue María la que lo nombró (Lucas 1.30-31), pero según Mateo (Mateo 1.20-21), fue José. Finalmente, siguiendo el testimonio de Mateo de que José fue quien puso el nombre al niño Jesús, Raymond E. Brown afirma: “Al poner el nombre niño José lo reconoce como suyo propio. La postura judía es muy clara a este respecto y está dictada por el hecho de que a veces resulta difícil determinar quién es el padre biológico de una criatura. Puesto que normalmente ningún hombre reconocerá ni mantendrá a un hijo que no sea suyo, la ley prefiere basar la paternidad en el reconocimiento del padre. La Misná (Baba Batrá, 8.6) establece este principio: «Si un hombre dice que éste es hijo mío, hay que creérselo». José al ejercer el derecho paterno de dar nombre al niño, reconoce a Jesús y se convierte así en su padre legal” («El Nacimiento del Mesías», página 138).


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