Por: Pastor Luís
Rodas, .
A finales del año pasado fui a una Iglesia y al
terminar la predicación se me acercó un hombre y me preguntó: “¿Sabes cual es
la mejor forma de esconder un árbol?”. La pregunta era rarísima. Pensé
que se trataba de alguien medio raro, por lo que no le presté mucha atención y
le contesté algo así como “bueno… hay muchas formas”. Él, sin importarle
mi falta de interés a su pregunta, me dijo: “La mejor forma de esconder un
árbol es ponerle un bosque alrededor”. Yo, aun desconcertado, le dije: “Ah
sí, sí… es verdad”.
Pero cuando me fui a dormir me acordé de la pregunta
y respuesta de este hombre. “La mejor forma de esconder un árbol es ponerle un
bosque alrededor”. De pronto vi que no se trataba de ninguna frase
desconectada ni extraña. Más bien Dios me había hablado.
“La mejor forma
de esconder un árbol es ponerle un bosque alrededor”.
Oro con todo mi corazón que podamos entender de
verdad el consejo de Pablo a Timoteo: “Pues el propósito de este
mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe
no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana
palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que
hablan ni lo que afirman“ (1 Timoteo 1:5-7).
En la historia
Lo vemos en la historia
de la Iglesia. Cada vez que Dios ha hablado o hecho algo, el diablo se ha
movido paralelamente. Para cada trigo de Dios, Satanás ha sembrado su cizaña
(Mateo 13:37-43). En el Nuevo Testamento encontramos la obra de Jesús, el
Espíritu Santo y el evangelio. Pero también nos sorprende que Iglesias como la
de Corinto le daban la bienvenida a “otro Jesús”, “otro Espíritu” y “otro
evangelio” (2 Corintios 11:4).
Hace unos años hablé con
un hombre que Dios había usado fuertemente para reedificar cierto aspecto de la
Iglesia. Yo había sido testigo de cuánto bien nos había hecho su trabajo
en el Señor. Pero de la misma manera también era yo testigo de cómo, ciertas
personas, usando esas mismas verdades, habían transformado todo aquello en un
show. Le pregunté si creía que Dios había obrado en ese tiempo. Su
respuesta me desconcertó: “Aun no lo sé”.
Siempre que Dios está
obrando en algo, el diablo comienza a sembrar sustitutos, símiles, parecidos,
excesos, abusos, medias verdades, cizañas que terminen desacreditando y
debilitando esa gracia y verdad que Dios está sembrando en Su Iglesia. Mientras
Dios entregaba al Cristo para Salvación, el diablo lanzaba a sus falsos Cristos
al mundo: Teudas y Judas el Galileo (Hechos 5:36,37).
No te confundas
¿Estoy diciendo que Dios
se ve impotente ante los sustitutos del diablo? ¡No! “Lo que hago yo, ¿quién lo
estorbará?” (Isaías 43:13). Es Dios mismo quien permite esto para un
propósito mayor. Jesús dijo claramente: “Es necesario que vengan
tropiezos” (Mateo 18:7). Sólo la fe genuina permanece a través de todos
los obstáculos (Mateo 13:18-23; Santiago 1:2,3).
Seamos
sabios
Pero también debemos ser
sabios y, “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros”, no debemos
ignorar “sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11).
Hace algunos años, Dios
comenzó a advertir a Su Iglesia sobre cómo ciertos hombres estaban enseñando
mentiras de este mundo haciéndolas pasar como verdades bíblicas. Y no solo
habían logrado hacerse muy famosos, sino realmente ricos. Y muy lejos de
avergonzarse por esto, ellos le enseñaban a los demás (y aun lo hacen) a que
todos pueden lograrlo también. Y a esto lo llaman “ministerio”. El Señor
habló claramente de que esto no tenía nada que ver con él, y que debía ser
confrontado. Fue una obra de Dios para despertar a Su Iglesia a la
santidad y el regreso a Su Palabra.
Pero el diablo rápidamente plantó su bosque alrededor. Todo eso fue
llevado a un extremo y abuso. Y si nos descuidamos y no abrimos bien los
ojos, vamos a dejar que el bosque se vea más que el precioso árbol plantado por
Dios.
¡Cuanta misericordia de Dios hay en que él nos
limpie día a día!
Cuando el Señor abrió nuestros ojos, al menos un
poco, y comenzamos a darnos cuenta que él demandaba más santidad y fidelidad a
Su Palabra en la Iglesia de hoy, fue ni más ni menos que por Su gracia. Muchos
fuimos confrontados, y con la misma palabra de exhortación, exhortamos a otros.
Dios estaba obrando. Y seguramente el Señor sigue usando a muchos en esa tarea.
Pero de pronto, casi sin darnos cuenta, esto se
transformó en una bonita guerra de ‘todos contra todos’ donde la unidad con
cualquier hermano parece ser imposible ya que cada uno, al instante de
conocerlo, saca su kilométrica lista de ‘verdades irreconciliables’, para
decirte que si no estás de acuerdo él volverá por donde vino. ¿Qué fue lo que
pasó? Creo ver algunas causas y, por si les sirven, las voy a ir describiendo
en los siguientes artículos:
No es lo
mismo
De “contender ardientemente por la fe” (Judas 3) se
pasó, como si fuera lo mismo, a un “contender sobre opiniones” (Romanos 14:1).
Pero hay una diferencia enorme entre luchar las peleas de Dios por verdades
fundamentales de la Palabra, y comenzar a discutir con todo el mundo
defendiendo nuestras opiniones personales sobre tal o cual cosa.
Pablo explicó claramente a la Iglesia en Roma que
existen los hermanos débiles en la fe. Él no se refería, en este caso, a
personas que en medio de las dificultades flaquean. ¡No! Él hablaba de
personas inmaduras que consideran sus propias opiniones como “la
verdad de Dios” ¡Y cuídate de no estar de acuerdo con ellos! ¡Si transgredes
una de sus leyes eres un ‘apóstata’ y un ‘hereje’!
Por esto Pablo escribió: “Recibid al débil en la fe,
pero no para contender sobre opiniones” (Romanos 14:1). En aquella época muchos
tenían sus propias opiniones acerca de qué debían comer y qué no, qué
días debían guardar para esto y para aquello y cuáles no. Y canonizaban sus
propias opiniones de tal manera que ¡cuidadito con cruzarte en su
camino!
Romanos 14:2-6: “Porque uno cree que se ha de
comer de todo; otro, que es débil, come legumbres. El que come, no menosprecie
al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha
recibido. ¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está
en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle
estar firme. Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los
días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso
del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no
lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no
come, para el Señor no come, y da gracias a Dios“.
Así, sin duda, nos sucede muchas veces. No solamente
con la comida o sobre ciertos días. Cuántas opiniones personales
andan por ahí dando vueltas y transformando a la iglesia en un campo de batalla
feroz. Ya no solo hablamos de congregaciones que se creen dueñas únicas de la
verdad, sino que cada uno, porque ha leído no sé qué libro, ha visto tal video
por Internet o recibido una supuesta revelación sobre un versículo, cree que él
es el Mesías salvador de la Iglesia de hoy. Él ha encontrado justo ‘esa verdad
sobre las cosas que a la Iglesia no la dejan ser lo que Dios quiere’. Él es el
que tiene la pieza clave, el engranaje fundamental, el secreto mejor guardado
que, al ser aplicado, solucionará todos los problemas del cristianismo actual.
A veces me sorprende la seguridad de ciertas
personas al afirmar y asegurar su opinión sobre ciertos temas. En
algunos casos, abordan discusiones que llevan cientos y cientos de años y a las
que muchos hombres han dedicado su vida estudiando seriamente las pruebas, los
datos, los idiomas originales, los contextos culturales, sin llegar a ponerse
de acuerdo. Pero de pronto estos hermanos, por la lectura de algún artículo en Internet
o de algún librito explicativo, resulta que ya lo ven con la máxima claridad. Y
no sólo eso, sino que ahora corres el riesgo de que, cuando se alejen de ti, te
condenen como ‘el nuevo apóstata’ por no ver el asunto con la misma claridad
que ellos.
Por supuesto, y nuevamente lo digo, no
me refiero a doctrinas bíblicas fundamentales, ni a conductas claramente
condenadas en la Palabra de Dios. ¡No!
Tres en
uno.
El diablo ha dado vueltas alrededor de nuestro
campamento y ha encontrado una manera muy eficaz de debilitarnos. Y en
muchísimos casos su gran táctica ha sido la distracción, la división y el
inflar nuestro bonito orgullo. Y estos tres han trabajado como
una sola herramienta en su mano. De esta manera perdemos cualquier cantidad de
tiempo y esfuerzo en temas que no sólo no son centrales y provechosos para
nuestra fe, sino que nos van dividiendo en más y más interminables facciones. Y
todo esto para alegría y alabanza de nuestro orgullo.
¿Adán tenía
ombligo?
Hace muchos años escuché que alguien contaba en tono
de broma acerca de una Iglesia que estaba muy unida y esforzándose en su
trabajo para el Señor. Hasta que a algún hermano con sueños de “licenciado en
divinidades” se le ocurrió preguntar: “Oigan, ¿y Adán tenía ombligo?”. Ya
sabes, el ombligo es la marca de que algún día estuviste unido a tu madre en su
vientre. Adán no estuvo en el vientre de nadie. Fue creado directamente por el
Señor.
De pronto en la Iglesia hubo un gran silencio y
caras de preocupación. Hasta que un hermano se acomodó su corbata, subió con
mucha seguridad al púlpito y aseguró: “Hermanos, les ruego que no pongan en
duda la Palabra de Dios. Tenemos la total certeza de que Adán tenía ombligo”.
Para esto alguien que había leído cuanto libro encontró sobre la época de la Reforma y deseoso de
constituir una nueva revolución espiritual, gritó: “¡Hey, alto! ¡Eso es
blasfemia! Ya lo dijo Lutero, ‘a menos que se me convenza por las Escrituras y
por la razón misma, no puedo ni quiero retractarme’. Adán-no-tenía-
ombligo”. Vivieron así por dos años sumamente duros hasta que finalmente se
produjo lo ineludible: la gran división de los ‘ombliguistas’ y los ‘no
ombliguistas’.
Al poco tiempo los ‘ombliguistas’ disfrutaron de lo
que ellos llamaban la bendición de Dios por haber estado dispuestos de luchar
por la verdad y haberse librado de los aborrecibles ‘herejes’. Pero mientras
estaban muy gustosos en una de sus reuniones agradeciendo el no ser como los
otros ‘rebeldes’, a un hermano, que recientemente había terminado un estudio
extenso sobre si es bíblico el uso de zapatillas, se le ocurrió una gran
pregunta: “escúchenme en el nombre de la santísima verdad por favor: ¿el
ombligo de Adán era hacia afuera o hacia adentro?”. Aquel día inolvidable se
produjo una gran batalla que desembocó en una nueva división: los ‘ombliguistas
adentristas’ de los ‘ombliguistas fueristas’.
Ridículo
¿no?
Tal vez parezca ridículo o exagerado. Pero creo que
el ejemplo nos puede ayudar a tener cuidado. Cuando algo te está distrayendo de
las verdades esenciales del evangelio, de los mandatos claros de la Palabra por
los que un día ciertamente darás cuentas: ¡cuidado! Cuando crees que Dios te
está hablando algo que no le ha hablado a nadie en los últimos dos mil años:
¡cuidado! Todas las sectas comenzaron con un ‘gran iluminado’ viendo algo nuevo
que nadie más había visto. Y mira cómo le fue a Satanás por huir de la
humildad. Cuando lo primero que hablas al encontrarte con algún hermano que
acabas de conocer es sobre tus grandes revelaciones sobre tal o cual tema o si
enseguida le preguntas si hacen no sé qué cosa que tu Iglesia sí hace y el
resto no: ¡cuidado!
Hace unos años conocí a un joven que cada vez que se
acercaba a alguien de otra congregación le preguntaba: “¿Quién mató a Jesús?”.
Todos respondían o “los romanos” o “los judíos”. A lo que él les decía
velozmente: “No: fue Dios quién mató a Jesús”. Este joven había visto un video
de Paul Washer que hablaba sobre esto, y por ello, al preguntar y afirmar esto,
se sentía un gran erudito en la cúspide del conocimiento.
¿Tú, al acercarte a un cristiano, buscas enseguida
ese tema que hace aplaudir a tu orgullo?
Más santo
que tú.
Tenemos divisiones de todo tipo y cada uno dice que
la unidad con los otros es imposible debido a que ese tema que los separa es
ineludible y fundamental.
Unos dicen que es pecado que la mujer use pantalón
porque Deuteronomio 22:5 dice: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el
hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera
que esto hace”. Pero la pregunta es: ¿Qué es lo que marca que una ropa es de hombre
o de mujer? En la época de Jesús los hombres no usaban pantalón. En Escocia
cierto tipo de falda es una ropa tradicional del rudo escocés. Jesús usaba
túnica. Pero había túnicas de mujer y túnicas de hombre. ¿No puede haber hoy en
día pantalones de mujer y pantalones de hombre?
Uso este ejemplo pero hay miles.
Unos dicen que la Iglesia debe reunirse en casas y
el que lo hace en un local de reunión está fuera de la forma en que se hacía en
el Nuevo Testamento (Romanos 16:5; Filemón 1:2), olvidándose que también se
reunían en el templo (Hechos 2:46; 5:42). Y al conocerlos sin apenas saber tu
nombre te preguntarán: “¿Dónde se reunían los primeros cristianos?” Por el otro
lado están los que si te reúnes en una casa dirán que eso no es una Iglesia,
olvidándose los otros versículos.
Otros no tolerarán que uses un nombre para la
Iglesia y dirán que Pablo prohibió eso en 1 Corintios 3:4. Mientras, se llenan
la boca diciendo que ellos son los únicos cristianos verdaderos ya que dicen no
tener denominación. Sin darse cuenta que justamente lo que Pablo condenaba en 1
Corintios era el sectarismo y el envanecimiento de creerse el grupo superior al
resto: “aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y
disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1 Corintios 3:2).
De tal manera los Corintios se creían parte del
grupo de los súper espirituales que creían que ya no necesitaban al mismo
Pablo: “Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en
Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de
lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra
otros. Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo
recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Ya estáis
saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis, para que
nosotros reinásemos también juntamente con vosotros!” (1 Corintios 4:6-8).
Interminable.
Así podríamos seguir con una lista interminable.
Cada uno con sus opiniones, conjeturas, ideas preconcebidas, doctrinas
supuestamente no negociables formadas con medio versículo. Cosas que nos pueden
hacer sentir muy santos, espirituales y orgullosos de haber alcanzado la nube
de un gran conocimiento, de ser parte del grupo selecto del Señor.
Pero la pregunta que debemos hacernos es: la batalla
que libramos ¿es la guerra por las verdades fundamentales de la Palabra de
Dios, o es una triste consecuencia de nuestro orgullo e inmadurez? Eso que
afirmas con tanta seguridad al punto de arriesgarte a causar daño al cuerpo de
Cristo ¿está basado claramente en la Palabra de Dios, o es tu opinión?
¿Tu orgullo cuando mencionas tal o cual tema se eleva por las nubes?
¿Un
consejo?
Alejate de las distracciones del diablo, deja las
discusiones que solo inflan tu ego y destruyen: “Mas evita profanas
y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad” (2 Timoteo
2:16). Y concéntrate más bien en lo que sea genuinamente útil para tu fe y para
la de otros: “cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y
enseñaros, públicamente y por las casas” (Hechos 20:20).
Insiste en lo que estás seguro que es provechoso:
“Recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre
palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para
perdición de los oyentes” (2 Timoteo 2:14). “Pero desecha las cuestiones necias
e insensatas, sabiendo que engendran contiendas” (2 Timoteo
2:23).
Oro con todo mi corazón que podamos entender de
verdad el consejo de Pablo a Timoteo: “Pues el propósito de este
mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe
no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana
palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que
hablan ni lo que afirman“ (1 Timoteo 1:5-7).


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