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El derecho a la vida de la mujer Parte 3

Written By Unknown on viernes, 12 de julio de 2013 | 4:38


Parte 3

El derecho a la vida de la mujer en el proceso de la reproducción humana, embarazo y parto»


Algunas perspectivas desde la tradición bíblica

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Héctor B. Olea C.

La tradición bíblica nos provee por lo menos un ejemplo claro de mortalidad materna: el relato de la muerte de Raquel, la amada esposa de Jacob

¿Quién fue Raquel?

Raquel era la hija más pequeña de las dos que tenía Labán, hermano de Sara (la esposa de Abraham) y tío de Jacob (Génesis 29.10). En consecuencia, tenemos admitir que Jacob y Raquel en realidad eran primos hermanos. Luego, es obvio que tenemos aquí un ejemplo de un tipo de relación sentimental y de pareja que por lo general en nuestros contextos no es muy bien vista y considerada con matices de una relación incestuosa. Sin embargo, no debemos perder de vista que este tipo de relación no está prohibida en el código mosaico en general, ni en el llamado “Código de santidad” de Levítico (Levítico 17-27), ni en el resto de la Biblia, sin excluir el Nuevo Testamento.   

En forma de paréntesis, quiero decir que a pesar de lo mal vista que son hoy las relaciones sentimentales y de pareja entre primos hermanos, lo cierto es que en la República Dominicana son más abundantes de lo que quizás nos gustaría admitir; situación que ha originado el refrán que dice: “los primos se exprimen” (es decir, se aprietan, se sacan el jugo, establecen relaciones sentimentales y amorosas, se acarician, forman pareja, tienen relaciones íntimas, etc.).

Por otro lado, como para complicarle las cosas a la común persona lectora cristiana de la Biblia, la narración bíblica no oculta, sino que con mucha naturalidad nos dice que Raquel fue en realidad la segunda esposa tomada simultáneamente por Jacob, formando con su hermana mayor Lea (la primera esposa y también prima hermana de Jacob), un caso de poliginia; a pesar de lo que luego diría el «Código de santidad» en Levítico 18.18. Claro está y como para no facilitar las cosas, es preciso reconocer que la referida disposición de Levítico 18.18 da por sentado la legitimidad y lo natural de la poligamia en su versión de la poliginia (un esposo con varias esposas) para ese tiempo.

De todos modos, el caso es que en el contexto de lo que podríamos llamar un “triángulo amoroso”, Raquel llevaba la mejor parte, pues al final era la esposa más amada por Jacob. Consideremos, pues, la declaración del relato bíblico: “Se llegó también a Raquel, y la amó también más que a Lea; y sirvió a Labán aún otros siete años” (Génesis 29.30).   

Ahora bien, a pesar de ser la esposa preferida de Jacob, había un problema con Raquel, y era que ésta no podía dar hijos (considérese Génesis 30.1, 22), pues era estéril, condición que en la cultura hebrea colocaba a una mujer en una situación de desventaja y vergüenza con relación a la que sí podía dar hijos (considérese Génesis 30.1-21; recordemos también la experiencia de Ana, la madre de Samuel, 1 Samuel 1.1-28); esto así, pues en la cultura patriarcal hebrea el hogar era el espacio habitual o natural de la mujer, y su capacidad como aparato reproductor, una condición biológica indispensable.

Lo interesante es que las cosas no quedan así, y con el andar del tiempo Raquel por fin pudo concebir. Al respecto la narración bíblica nos informa: “22 Y se acordó Dios de Raquel, y la oyó Dios, y le concedió hijos. 23 Y concibió, y dio a luz un hijo, y dijo: Dios ha quitado mi afrenta;
24 y llamó su nombre José, diciendo: Añádame Jehová otro hijo” (Génesis 30.22-24). 

En efecto y, en concordancia con el deseo de Raquel de concebir un hijo más, la narración bíblica nos dice que ésta pudo volver a concebir otro hijo (Benjamín), con cuyo alumbramiento marcó precisamente el final de su existencia.

Consideremos al respecto el relato bíblico:

6Después partieron de Bet-el; y había aún como media legua de tierra para llegar a Efrata, cuando dio a luz Raquel, y hubo trabajo en su parto. 17Y aconteció, como había trabajo en su parto, que le dijo la partera: No temas, que también tendrás este hijo. 18Y aconteció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre Benoni; mas su padre lo llamó Benjamín. 19Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén. 20Y levantó Jacob un pilar sobre su sepultura; esta es la señal de la sepultura de Raquel hasta hoy. 21Y salió Israel, y plantó su tienda más allá de Migdal-edar(Génesis 35.16-21).  

Ahora bien, antes de pasar a la consideración de una serie de preguntas de reflexión con base a los datos que nos proporciona este relato; quiero hacer una puntualización respecto del reconocimiento que muestra la tradición bíblica de lo doloroso, delicado y angustioso que es estrictamente para la mujer el proceso de alumbramiento. 

En efecto, la tradición bíblica se hace eco de lo terrible, angustioso y doloroso que es el parto y el alumbramiento estrictamente para la mujer. En la tradición bíblica expresiones como “angustias de mujer de parto”, “voz como de mujer que está de parto”, “angustia como de primeriza”, “dolor como de mujer que está de parto”; son metáforas que se emplean para apuntar y señalar situaciones de dolor, momentos difíciles, cruciales, angustiosos, tormentosos, etc., precisamente con base en la experiencia única de la mujer en el proceso de la reproducción humana. Considérense como ilustrativos los siguientes pasajes: Isaías 13.8; 21.3; Jeremías 4.31; 6.24; 22.23; 30.6; 49.24; 50.43; Miqueas 4.9, 10; Romanos 8.22; Gálatas 4.19, 27; Apocalipsis 12.2.

¡Quiera Dios que este reconocimiento de la tradición bíblica de cómo se la juega la mujer en el proceso de la reproducción humana, también sea el reconocimiento de los maridos; reconocimiento que los lleve a ser más comprensivos, y mostrar más empatía con sus compañeras y con la mujer en sentido general! 

Pasemos, pues, a nuestras preguntas de reflexión con base en el relato de Génesis 35.16-21.

1) ¿Qué nos dice el nombre elegido por Raquel respecto de su papel y experiencia como madre en el proceso de embarazo y parto?

2) ¿Qué nos dice el nombre elegido por Jacob respecto de su papel en el proceso de embarazo y parto, como padre? ¿Qué lectura podemos darle a este cambio de nombre efectuado por el padre, a pesar de que la madre muere en el parto?   

3) ¿Por qué difieren el padre (Jacob) y la madre (Raquel) en la forma de nombrar a la misma criatura, al mismo niño?

Al llegar a esta pregunta, quiero hacer una acotación especial en relación a la tradición de cómo se elegía el nombre que se le deba a la criatura recién nacida, por lo general, sólo los varones. 

La tradición dominante es que muchos o la mayoría de los nombres se inspiraban en la condiciones del nacimiento de la criatura, principalmente las circunstancias relacionadas con la madre, a pesar de que también era dominante la tradición de que era el padre quien escogía el nombre para la criatura. En efecto, R. de Vaux («Instituciones del Antiguo Testamento») afirma que es raro que las circunstancias se refirieran al padre (página 81).

Por otro lado, si bien es posible seguir la línea del pensamiento del mismo R. de Vaux, que entiende que con el cambio de nombre, lo que quiso Jacob fue cambiar una especie de nombre de mal augurio (página 80); si bien es comprensible que se vea en este cambio de nombre efectuado por Jacob, una manera de éste proyectar en el niño (niño que logró sobrevivir al parto aunque su madre no), todo el afecto que éste sentía por su madre (compárese Génesis 29.18, 20, 30); no obstante, en lo personal prefiero identificarme con la lectura que ve aquí a un hombre incapaz de comprender cómo el nacimiento de un niño impactó tristemente, de manera trágica y fatal la vida de su compañera, hasta marcar incluso el final de su existencia.

4) ¿Entendemos los hombres del todo y siempre, la forma en que el proceso de embarazo y parto afecta e impacta la vida de la mujer?

5) ¿Sienten las mujeres, del todo y siempre, que los hombres entendemos las implicaciones que tiene el proceso de embarazo y parto para sus vidas?

6) ¿Sienten las mujeres que los hombres le damos siempre el compañerismo adecuado (que somos los ideales compañeros de travesía) en el proceso de embarazo, parto y posparto?

Ahora, cerrando ya esta nota, a manera de conclusión, repito la reflexión y, especie de oración, que expuse arriba:

¡Quiera Dios que este reconocimiento de la tradición bíblica de cómo se la juega la mujer en el proceso de la reproducción humana, también sea el reconocimiento de los maridos; reconocimiento que los lleve a ser más comprensivos, y mostrar más empatía con sus compañeras y con la mujer en sentido general! 


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