EJEMPLO DE VALENTÍA
«Respondiendo (a los fariseos) él, les dijo:
Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este
pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí» (Mr. 7:6).
Hoy vivimos en un tiempo donde la religión está cada vez más
extendida, cierto. Pero, desdichadamente, a esta propagación religiosa
también le acompaña una actitud que podríamos calificarla de enfermedad
peligrosa y extremadamente contagiosa: la llamada hipocresía.
La doble moralidad que habían adquirido los líderes religiosos de la
época (escribas y fariseos), les otorgaba el merecido título de
hipócritas. Claro está que llamar hipócrita a alguien pudiera parecer
una grave ofensa, por cuanto el término ha adquirido en nuestros días
una connotación marcadamente ofensiva. Desde luego que debemos pensarlo
muy bien antes de inculpar a una persona de hipócrita, o aplicarle
cualquier calificativo que pudiera ser claramente despectivo. Pero, sin
embargo, al igual que actuó Jesús, habrá situaciones especiales donde a
cada uno habrá que llamarle por su nombre. Y para ello se requiere
valentía, naturalmente, además de estar dispuesto a sufrir las
consecuencias de toda posible confrontación: «Respondiendo él, les dijo:
Hipócritas».
Bien es cierto que todos participamos, de algún modo, de esa
hipocresía generalizada. Sin embargo, la «actitud farisaica» respondía
al estereotipo del hipócrita por decisión propia. Comprendamos bien,
porque una cosa es participar (con los peligros de llegar a ser), y otra
cosa es poseer una clara identidad donde la doble moralidad sea el
rasgo que defina la personalidad del individuo. Así, pues, el que
participa de la hipocresía y se deja llevar por ella, sin poner remedio a
tan engañoso proceso, bien puede llegar a endurecer de tal forma su
corazón, que ya no logra darse cuenta del grado de hipocresía que ha
conseguido: tan evidente para los demás, pero tan inconsciente para él
mismo.
Destaquemos especialmente la actitud de valentía que mantuvo nuestro
Señor, al enfrentarse con el poder de la religión popular: una religión
fingida a causa del orgullo religioso, reinante entre sus líderes, que
por otra parte él debía denunciar: «Este pueblo de labios me honra, mas
su corazón está lejos de mí».
Hemos de reconocer que para descubrir el pecado hay que ser valiente,
porque nos exponemos a ser rechazados, criticados, menospreciados... y
con mayor razón si se trata de los líderes de la religión oficial.
Aunque, la verdad sea dicha, es mejor ser rechazados por el hombre, que
no serlo por Dios.
Visto el ejemplo de Jesús, notamos que la valentía es una cualidad
que no se suele observar con demasiada frecuencia en la vida de muchos
cristianos. Nuestra falta de fe por momentos nos acobarda, y nuestros
sentimientos encontrados nos paralizan a la hora de responder a cada uno
según conviene. Por el contrario, nuestro Señor mostró gran coraje, y
no huyó de las contrariedades que le pudieron sobrevenir en su
ministerio. Podemos pensar, en este ejemplo, que la osadía de
enfrentarse con los más altos mandatarios de la religión, seguramente
fue el detonante que le llevó al Maestro a morir en la Cruz.
¿Nos atrevemos a decir la verdad, pese a las consecuencias que ello pueda acarrear?
«Y Jesús le dijo: Yo soy (declaración de su deidad); y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo (reconocimiento de su majestuosidad)...
Y algunos comenzaron a escupirle y a cubrirle el rostro y a darle de
puñetazos, y a decirle: profetiza. Y los alguaciles le daban de
bofetadas» (Mr. 14:62,65).
En estos momentos Jesús se encontraba ante el Concilio (la asamblea
de los máximos representantes de la religión judía), y sometido a gran
presión, les hizo una rotunda declaración, que como podemos observar le
supuso un severo castigo, además de confirmar la decisión por parte del
Concilio de condenarle a muerte.
Decir la verdad, pese a las adversidades que pudieran surgir, denota
una postura de valentía que es muy poco habitual en nuestros días. Así
vemos cómo el alcance de las valientes palabras de Jesús, determinó el
comienzo de un doloroso camino hacia la cruz del Calvario... Siguiendo
el modelo de Cristo, debemos confesar que los cristianos de hoy
necesitamos una mayor valentía a la hora de defender las grandes
verdades de Dios.
Nuestro Señor ya profetizó que el cristiano valiente tendrá
problemas, y no es de extrañar que pueda ser rechazado hasta por los de
su propia casa, incluyendo a veces también a su misma iglesia. Pero no
nos dejemos afectar, porque al Maestro lo rechazaron primero, y no es el
siervo mayor que su Señor.
Resulta muy fácil lavarse las manos, como lo hizo Pilato, en actitud
de cobardía. En cambio, hay que ser valiente para denunciar el pecado
(con amor), para señalar las injusticias (con verdad), para proclamar el
juicio de Dios (con esperanza), para descubrir la hipocresía (con
claridad), para anunciar el arrepentimiento (con entereza), entre otras
manifestaciones de la verdad.
Aprendemos acerca de la gran valentía de Jesús, en éste y otros
momentos precisos. De igual manera el discípulo de Cristo debe armarse
de valentía, aunque a veces ponga en juego su propia integridad física;
aunque vista la libertad de expresión, podría ser en los peores casos.
Es menester defender la verdad con amor, pero a la vez con firmeza, en
todas las ocasiones. No se puede quedar bien con Dios y con el Diablo...
Reparemos una vez más en la enseñanza del Maestro, porque decir lo
que se piensa es integridad; pero, decir lo que se piensa, a riesgo de
perder la vida, es valentía.
El creyente firme con su vocación cristiana, no puede pasar
desapercibido en el anonimato de su propia cobardía, viviendo un
cristianismo diluido en el completo absentismo. La fama se difunde, para
bien o para mal. Y el rechazo, los insultos, el menosprecio, la ira
contenida de los calumniadores, representará el pago injusto del
cristiano bienaventurado que defiende la verdad con valentía.
Tal vez no entendemos bien la vida espiritual, porque los valores
cristianos que no van acompañados de valentía, no poseen ningún valor.
En este punto, sucede que si la persecución de Jesús se produjo entre
los de su propio pueblo, no parece insólito pensar que la mayor
persecución que hoy puede experimentar un cristiano valiente, comience
principalmente con los de su propia casa.
Todavía hoy encontramos creyentes fieles que no forman parte en el
«sistema» de la religión oficial; sin embargo, mantienen su fidelidad a
Dios, su valentía, su integridad... Pese a ser rechazados o
menospreciados en muchos momentos de la vida, su fiel testimonio les
hace ser poseedores del más alto rango de profetas valientes.
Podemos estar tranquilos, porque así como los profetas en el Antiguo
Pacto, nuestro Señor sigue manteniendo hoy su remanente fiel. Y,
definitivamente, nadie podrá hacer callar la voz profética de los
verdaderos discípulos de Cristo.



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