EJEMPLO DE SENCILLEZ
«Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal» (Mr. 4:38).
Antes de calmar la tempestad, Jesús se encontraba durmiendo en la
popa de un barco. A continuación, el texto bíblico nos muestra el
cansancio lógico de nuestro Señor, que por otra parte era propio de su
verdadera humanidad. Jesús fue (y es) humano, y como tal experimentó las
necesidades propias de los humanos (hambre, sed, sueño...). Ahora, el
hecho de que se durmiera entre tanta turbulencia, nos enseña que Jesús
estaba realmente muy cansado, dándonos a entender que tenía poco tiempo
para dormir, debido ante todo a que su ministerio le ocupaba gran parte
del día.
Destacamos, como venimos haciendo, la verdadera humanidad de Cristo
vivida en sencillez, con todas las incomodidades, calamidades y penurias
por las que tuvo que pasar.
Apliquemos a nuestra vida el ejemplo del Maestro, porque pese a toda
adversidad, notamos que no se quejó en ningún momento: por tener poco
tiempo, por estar cansado, por carecer a veces de lo necesario, por
privarse de comodidades... Esta actitud, desprendida de todo egoísmo,
nos indica que el centro de las preocupaciones de Jesús no se situaba en
la búsqueda de su propio bienestar personal, sino en el cumplimiento
estricto de la voluntad de Dios.
El modelo expuesto nos presenta un claro contraste entre la vida de
Cristo y algunos que, teniéndolo todo, se quejan por aquello que creen
que les falta. En cambio, sin tener posesión alguna, Jesús vivió como
siervo sufriente una vida de verdadera entrega a Dios, y de servicio al
prójimo.
Reflexionemos a este respecto, y preguntemos si se juzga razonable
buscar la acumulación de bienes materiales, cuando sabemos que al final
éstos se van a quedar aquí, en este mundo... En verdad nuestra
comparación no debe hacerse con la sociedad que nos envuelve, cada vez
más complicada y materialista. Sino que, como discípulos del Maestro,
nos corresponde contemplar su modo de vida para desear imitarlo: una
vida que no se amoldó a los esquemas de la sociedad en la que vivió.
Nuestro buen Señor, con verdadero espíritu de sacrificio, supo
mantener en todo tiempo una vida sencilla, siendo ejemplo al mundo
–sobre todo al cristiano–, para que, siguiendo su enseñanza, no nos
dejemos atrapar por esa horrenda mentalidad hedonista que intenta
separarnos cada vez más de Dios, y por lo tanto del mensaje de Cristo.
Resaltemos el ejemplo de la condición humana de Jesús, porque también
los creyentes deberemos aceptar, con toda paciencia, las debilidades
propias de nuestra humanidad presente.
«¿No es éste el carpintero?... Y se escandalizaban de él» (Mr. 6:3).
La declaración impertinente de aquellos que escuchaban al Maestro en
la sinagoga, después de oír sus palabras y quedar maravillados, no
parecía nada extraña, dado que Jesús carecía de categoría espiritual
reconocida, y probablemente por tal razón no podían dar crédito a sus
palabras: «Y se escandalizaban de él».
Al parecer, en aquellos tiempos, la condición religiosa era de suma
importancia para obtener cierta credibilidad sobre los asuntos
espirituales. Tanto es así, que para los que presenciaron el
acontecimiento en la sinagoga, Jesús era solamente el «hijo del
carpintero», sin más... Por ello se escandalizaron de él, por no poseer
el reconocimiento oficial del momento. La baja posición social y
religiosa de Jesús, tal vez provocó en sus contemporáneos un sentimiento
de vergüenza (se escandalizaban de él), y seguramente a muchos les
ocasionaría una sensación de superioridad, al comparar sus respectivas
categorías, bien fuesen sociales o religiosas.
Fijemos bien nuestra mirada en el supremo ejemplo de Cristo, porque
siendo Dios todopoderoso, escondió su gloria para llegar a ser el «hijo
del carpintero». En cambio, nosotros, siendo nada, en ocasiones jugamos a
ser «dioses». ¡Qué diferencia tan abismal, y qué ejemplo tan
contradictorio el nuestro!
Por desgracia, algunos hoy se fijan más en la posición que en la
vocación; otros confían más en los títulos que en los dones... Por el
contrario, el Señor de señores y Rey de reyes no poseyó titulación
alguna, no tenía elevada posición social o religiosa, y carecía de todo
reconocimiento oficial. Sin embargo, nadie predicó mejor que Jesús,
nadie tuvo más autoridad que él, nadie pudo superar la calidad de su
ministerio... Seguro que ninguno de los que estaban allí presentes, pudo
señalarle en algún defecto o rebatir sus extraordinarias enseñanzas.
Para Dios, Jesús tenía el mayor rango religioso que pudiera haber,
jamás concedido a nadie: «Hijo de Dios», y asimismo fue el ser humano
que poseyó la máxima categoría espiritual, ya que ésta provenía
directamente del cielo.
De tan maravilloso ejemplo, aprendemos que el servicio a Dios no se
debe a nuestra profesión, sino a nuestra vocación; no proviene de la
formación teológica, en primer término, sino de la encomendación divina.
La sencillez del Maestro fue tan brillante que, lejos de formalismos
religiosos, supo imprimir el carácter auténtico de lo que significa
servir a Dios. Un servicio que se desarrolló fuera de la Institución,
pero cuya gran efectividad fue manifiesta por todos los que le
escucharon y así se beneficiaron de su ministerio.
Al igual que ocurrió en la vida de Jesús, no podemos contemplar hoy
una vida cristiana del todo eficiente, sin que sea verdaderamente
sencilla.
«Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos» (Mr. 15:28).
La crucifixión de Jesús, aparte de señalar descriptivamente el
momento álgido de sufrimiento por el que tuvo que pasar, nos muestra
además la condición más baja a la que un hombre, máxime siendo judío,
pudo llegar en aquella época, esto es, a ser crucificado por los
soldados romanos: sus opresores paganos.
Con todo, al Dios hecho hombre no le importó ser despreciado, como un
delincuente común rechazado por la sociedad «justa» del momento, porque
para él lo más importante fue cumplir con el propósito por el cual
había venido a este mundo: salvar a los pecadores.
Por otro lado, si pensamos en las motivaciones más internas del ser
humano, debemos admitir que el hombre alberga en el corazón claros
sentimientos de inferioridad, que a veces pueden provocar una búsqueda
ilícita de reconocimiento personal.
Ocurre que, para contrarrestar esos sentimientos, que en mayor o
menor medida todos podemos tener, los hay que se lanzan a una búsqueda
frenética de la «gloria temporal» que haga compensar tales emociones
hostiles. Con esta disposición, todo ministerio parece centrarse en uno
mismo y en su propia realización, porque con ello la persona logra
sentirse útil, querida por los demás, y admirada por los nombramientos;
logrando así el bienestar que le proporciona la buena reputación. Es
verdad, en oposición a la actitud entregada de Jesús, sobresale la
actitud esquiva de muchos, que al parecer no desean ser contados con los
inicuos.
El gran Maestro puso el énfasis de su ministerio en ser tal cual,
aceptando su humilde condición social, y resistiendo así a todo deseo de
aparentar grandeza alguna: «Y fue contado con los inicuos». Por lo
demás, el reconocimiento del Padre le fue suficiente para realizar la
obra.
Finalmente, si creemos que lo que va a prevalecer por la eternidad es
la Palabra divina, deberemos en consecuencia anhelar el cumplimiento de
sus decretos, así como en todo momento se cumplió en Jesús, hasta su
muerte: «Y se cumplió la Escritura». Si de esta forma buscamos que la
Escritura se haga efectiva en nuestra vida, a veces también habremos de
aceptar que nos señalen entre los malhechores, y no entre los justos.
A Jesús no le importó ser contado con los inicuos, dado que en todo
momento procuró desechar la vanagloria terrenal... Y nosotros, ¿con
quién queremos ser contados?



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