Jesús, el siervo sufriente
El ejemplo de Jesús en la vida cristiana
Una de las facetas más difíciles de imitar, consiste en reproducir la
gran capacidad que Jesús tuvo para asumir el sufrimiento desde una vida
sencilla y altamente servicial.
Nos complace saber que el cristianismo se puede vivir en un estado de
paz y gozo permanente. Sin embargo, en muchas ocasiones ese estado de
felicidad se ve compartido inevitablemente con situaciones de
sufrimiento. Y pese a esta gran paradoja, hemos de admitir que las dos
experiencias contrapuestas resultan perfectamente compatibles.
Estamos de acuerdo en que Dios no desea el sufrimiento de nadie, pues
éste no se aviene a los principios de su carácter bueno y santo. Pero,
no obstante, sabemos que el pecado ha impregnado todo nuestro ser
(cuerpo y alma), y por ahora, hasta que no entremos en la eternidad, los
cristianos transitamos por este mundo expuestos a sufrir sus nefastas
consecuencias. Con todo, es preciso saber que Dios utiliza la aflicción
en la vida del creyente como un medio útil para enderezar su corazón
estropeado, y así hacerle más consciente de las graves implicaciones que
tuvo la «caída» del hombre. Sólo de esta forma nuestra limitada mente
interpretará mejor los designios de Dios, en un mundo donde el dolor y
el caos parecen estar reinando.
Según advertimos en el modelo del Maestro, en ninguna ocasión
observamos que promoviera la teología de la diversión, pero asimismo
tampoco contempló el sufrimiento como algo malo, sino como un
instrumento que, visto desde la intervención divina, es capaz de
transformar decisivamente el corazón del ser humano.
En este aspecto, la vida cristiana no consiste en querer alcanzar una
sensación constante de irresponsable alegría. En muchas ocasiones el
dolor y las experiencias amargas estarán presentes; aunque en ningún
caso carecerán de significado, sino que lograrán un propósito especial
en el proceso de madurez de todo cristiano fiel. Con este objetivo, la
finalidad bíblica del verdadero discípulo se dirige hacia la formación
del carácter de Jesucristo, procurando conseguir la impresión de una
vida cada vez más parecida a su persona.
El ministerio de Jesús transcurrió por un camino doloroso, en un
continuo devenir de sinsabores. Pocas fueron sus alegrías, y menos sus
diversiones... Su mirada estaba puesta en el fruto de su dolor, esto es,
en la salvación que su muerte traería al mundo.
Con este pensamiento se nos insta a proseguir nuestro camino,
aceptando los periodos de sufrimiento que no podamos evitar, como algo
útil en manos de Dios. «He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren» (Stg. 5:11).



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